jueves, 13 de agosto de 2009

Reflexiones desde el Sol




En el libro de Ahimsa Lara Rivera, La Sanación con el Tarot, la descripción del arcano del Sol es muy amplia y la meditación que la autora nos propone parte de su propia experiencia, en lo que se revela como una experiencia universal, en el encuentro del amor verdadero.

Ella empieza ofreciéndonos compartir con nosotros su secreto, “hablando de unión y de alquimia”; ella tuvo un día una revelación: “todo mi ser se abrió al infinito”, nos cuenta, y podemos entrever que, al fin, encontró lo inesperado.

Ella sentía “aquella nueva fuerza” en su interior que la hacía sentir capaz de mover “la mayor montaña del mundo”, “el miedo se había ido para siempre”. El espíritu divino se manifestaba en ella, “cada día con más fuerza”. Contemplaba los atardeceres y los amaneceres, como lo hago yo muchas tardes, desde el templo de Debod.

Ella practicaba la meditación en el Sol y su mente comenzó a deslizarse hacia el recuerdo lejano de aquel día en que, por fin, admitió el secreto revelándose dentro de ella: la aparición de su compañero.

La mente eclipsada en las ideas rígidas “sobre cómo debía de ser todo”, al contemplar las diferencias con su propia experiencia de la realidad, “se debatía llamándose impostora”. (¡Qué familiar me resulta esta representación!).

Comprendió que “no tenía que alimentar tanta duda. Tenía que confiar”. Ella sabía.
Encontró su Él en el espejo de la experiencia, “mirándose en” sus propios ojos.
El Sol despejó en su vida todos los equívocos, trajo la claridad.

Cuando mi viejo amigo José de Triana hablaba conmigo “veía la luz” en mí, pero “sólo faltaba claridad”. Al asomar el Sol se siente que ya no es necesario emplear más esfuerzos, ni físicos ni mentales ni emocionales, para comprender, para ver la verdad. La Verdad se ilumina a sí misma y todo cuanto la rodea. Por eso, aparece el Sol sin esfuerzo.

Sin esfuerzo se hizo la luz y el león llegó a su destino en la cima de aquella colina del desierto, desde contempló al fin, su jardín, lleno de frutos y flores, desbordante de colores; y supo que ése era su hogar.

Ahimsa Lara Rivers explica también que el Sol nos permite escuchar la Voz Interior y la música de las esferas. Entendió en su soledad la imposibilidad de seguir creciendo, cayendo en una “vida rutinaria” que la “quemaba por dentro”. (Una vez más reaparecen los lugares comunes).

Dice: “Todo lo que había de real en mí gritaba a aquellas zonas perdidas, la necesidad de reencontrarse, de volver a vibrar en la unidad”. Las relaciones se convierten en espejos, al fin una puede reconocerlas como tales, como un espejo de nuestra propia capacidad de amar.

Ella nos recomienda realizar la meditación con el arcano número XIX, El Sol y el arcano número V, los Enamorados. A partir de la meditación es posible descubrir cómo del fango puede brotar la más perfecta y hermosa flor: el verdadero amor. El hombre al que ella amaba desde siempre, al que, poco a poco, fue descubriendo en su interior, fue manifestándose exteriormente, en su mundo material, en la 3º dimensión.

Cuenta que partió hacia su destino, hacia el amor; que volvió a ser libre y sin límites, que su ser se aprestaba a volar en libertad, sintiendo en sí misma la capacidad de morir y renacer como el Ave Fénix. Se supo al fin amada y se vio a sí misma como la Diosa que realmente es. Presintió que había nacido para experimentar y para vivir ese amor único.

Un viaje ritual hacia la Cumbre donde mora el Corazón del Amor verdadero, que le exigía también adentrarse en las profundidades, donde encontraría la semilla, su “auténtica realidad áurea”. La semilla que ella misma había plantado en sus sueños y que “germinada al fin”, le daba “el fruto ansiado”. La semilla se había elevado, traspasada su coraza, para abrirse paso hacia la superficie y brotar en la tierra gritando: “¡Despierta! Aquí está la aurora anunciada!”, el verdadero amor.

Ella sintió el amor y la libertad nacer al mismo tiempo, y describe a su amor a su él, su compañero, con aquellas palabras dulces de admiración que sólo los amantes pronuncian. Ella supo al fin, el secreto: “por qué el amor verdadero implantado en cada corazón (será capaz) de traer a este mundo la paz verdadera”, la nueva tierra. Se le había permitido, por fin encontrar el amor y “conocer y disfrutar su enorme poder”.

Dice que “llegó al tiempo de cultivar cierta parsimonia sagrada en un no-hacer, símbolo del respeto que merece toda relación humana”. Estaba en “ese momento crucial en el que debía acallar todos los sentidos a lo mundano” (...) para “escuchar el sonido del silencio”.

Cuenta su propio proceso alquímico, en el que la experiencia del amor se asienta en su cuerpo como “fiebres que subían y bajaban”, “el aire se hacía bálsamo en las hogueras internas... todo en mí parecía quemarse (...) pasaba de la inacción a la actividad más febril, de la energía más intensa al cansancio devastador”.

Balanceándose entre los opuestos como un niño en un columpio. Sabía que si ella hubiese renunciado en aquel momento a vivir su experiencia no habría podido seguir creciendo y “jamás habría descubierto el fenómeno de conducción y convección”.
Ella logró conectar su corazón “con el Corazón vital del cosmos”. Fue experimentando las mil formas del apego y su disolución, ese temor a perderlo es lo que finalmente, hace que se pierda.

Dice: “estaba comenzando a avistar un espléndido jardín edénico dentro de mí... era preciso traspasar primero la espada de fuego del arcángel, quien en su lucha conmigo había acrisolado las zonas que faltaban por ser lumínicas”. La lucha terminó y sus ser comenzó a “cultivar árboles y flores siderales” en su “corazón-huerto, herculeamente trabajado”.

Es sin duda, un lenguaje secreto, un código mágico y alquímico. Dice que indagó el momento de su vida en el cual estalló “el volcán rojo escupiendo su furia y liberándose de sus demonios” y que lo encontró en el momento orgásmico en que el amor, transfigurado en su compañero se instaló a su lado. Su temor al rechazo y al abandono se habían esfumado. Una auténtica liberación de un demonio, por cierto, muy persistente.

Parece que a través de una serie de acontecimientos que culminaron en el encuentro con su compañero, ella recuperó una memoria ancestral, que ella llama “el amor sagrado”. Reconoció que la mitad ansiada largos años vivía ya dentro de ella y “circulando con su savia eterna por sus venas”.

Nos regala la plegaria alquímica del amor sagrado: “¡Ven, mi viejo espíritu...”.
Nos recuerda que al amor “hay que dejarle hacer una nueva siembra en el jardín del corazón; hay que dejarle reclamar su puesto de bendito jardinero (...) no hay que dudar de él, hay que dejarle instalarse en el corazón... como un rey”.

Es alentador y profundamente inspirador leer su historia, ver su relato y encontrar analogías en el propio camino y en las leyendas que vislumbré para poder comprenderlo mejor.

Ella habla de una ceremonia mágica en la que se desposa con el amor, y a partir de ese momento, nunca más, ella y su compañero volverán a verse a ellos mismos como seres separados. Se encontraron desnudos e inocentes en el Uno, que ríe feliz como un niño sin fronteras. Termina su relato deseándonos que los arcano núm. V de los Enamorados y núm. XIX de El Sol nos concedan a todos un gran amor, a través de la meditación, visualizándonos dentro del sol, envueltos en su luz. Así nos proporcionará una gran protección amorosa, en cualquier circunstancia.

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